Agitación



Me sorprendió descubrir que en la ciudad se vivía una tensa calma en los primeros meses de la guerra. 
Todo seguía su cauce normal, como si nada estuviera ocurriendo en el resto del país. Las industrias seguían fabricando ropa y material para la contienda, hasta existían fábricas que exportaban sus productos a otros países como Estados Unidos. La tranquilidad que se dio para guarnecer a la población de los bombardeos fue bastante pausada. La sirena del Ayuntamiento se instaló el de enero de 1937 y la construcción de los refugios colectivos no empezó hasta, prácticamente, la mitad del año siguiente. Para mí sí que hubo una forma de mostrar ese miedo. No debía ser nada fácil imaginarse cómo una cruda batalla podía desarrollarse en las entrañas de la ciudad, teniendo que abandonar sus casas y sus vidas huyendo de la  muerte. Esa inquietud se solía expresar en la calle animando a los combatientes republicanos que luchaban en los frentes, en concentraciones antifascistas o en el momento que empezaban a escasear algunos de los productos más esenciales para sobrevivir. El carbón, mineral utilizado para calentarse y cocinar, era consumido por las fábricas de forma excesiva desabasteciendo a la población, conduciendo a la gente a talar los árboles que envolvían la ciudad dejando sus montañas desoladas. Se desconfiaba del reparto del pan y de la carne creando un ambiente de hostilidad frente al Consejo Municipal. Dos días seguidos salieron a la calle centenares de mujeres contrariadas por la falta de racionamiento formando un gran revuelo en la sociedad. Uno de nuestros protagonistas se topará con la multitudinaria manifestación a la altura del Banco de España. Estará molesto. Intranquilo. Su nerviosismo no será por las protestas de las madres debido a la escasez de alimentos. Seguramente, será por algo peor…  

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