miércoles, 24 de mayo de 2017

Cándido el gitano



Sentado en la silla, junto al portal de su casa, observa la empinada cuesta con escalones destartalados que llegan hasta la puerta medieval.
Los vecinos, a esas horas de la tarde, se reúnen en pequeños grupos delante de sus casas para conversar. Cándido suele hacerlo solo.  Reflexiona sobre la situación actual. Le preocupa que los nacionales finalmente se hagan con el país. No se fía de ellos. Demasiada mano dura. Con la República, está viviendo una de sus mejores épocas debido al auge del estraperlo. Es consciente que no amasará una gran fortuna pero, por lo menos, no le falta la comida para sus hijos. Ni su botella de anisete para echar un buen trago. Sabe que si se recrudece la contienda, muchos de los artículos empezarán a escasear, al contrario que la necesidad de la gente. Le vienen a la cabeza los dos muchachos de la tienda de antigüedades. Ellos sí que lo tienen más crudo. Hace tiempo que no se pasan a comprarle nada y duda si se habrán visto obligados a echar el cierre. Al fin de al cabo, las antigüedades no son necesarias para comer y sus clientes seguramente hayan dejado de comprarles para cubrir otras penurias. La silla cruje al apoyarse en su respaldo. Al girar la vista de nuevo hacia el arco, ve aparecer a los dos muchachos de su penumbra. Sonríe levemente por la coincidencia. Se equivoca al pensar que su visita va a ser más que productiva.   

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