Fragmentos de La Guerra de los dos senderos II




El portón se abrió lentamente y de su interior salió la señora bajita que siempre llevaba su capazo de mimbre colgado del brazo.
Me quedé sonriéndole mientras Claudio sostenía la puerta para que no se cerrase. Sin darme cuenta, mi amigo, ya se había introducido en la entrada. Cuando vi que la señora encaraba la pendiente caminando lentamente, me metí cerrando la puerta intentando hacer el mínimo ruido. Llegamos al segundo piso y nos encontramos con la primera de las sorpresas. En el rellano se encontraban las dos puertas una al lado de la otra.

—¿Cual será de las dos? —le pregunté a Claudio que estaba igual de sorprendido que yo.

—No lo sé... —dijo angustiado—. Con esto no habíamos contado. Pero tenemos que decidirnos por una.

Nos quedamos atónitos mirando ambas puertas. Las dos eran idénticas y por mucho que intentáramos orientarnos situando la entrada, siempre acabábamos perdiéndonos. Me acerqué observando, al mínimo detalle, el portón derecho. El pomo, que algún día fue dorado, estaba desgastado; la zona de alrededor de la cerradura, rozada por las llaves y la figura del santo, debajo de la aldaba, seguía impoluta.

—¡Es esta, Claudio! —dije escuchando mi voz retumbar por toda la escalera.

—¿Por qué?


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