Aniversario de la partida del Ruesca-Taíno

Uno de los listados del Archivo Municipal de Alcoy con los milicianos inscritos en el batallón Ruesca-Taíno.

Mientras cerraba la puerta pude observar como la calle estaba repleta de gente y todos caminaban hacia la misma dirección: la Plaza de la República.
Los comercios de alrededor ya habían cerrado aquella mañana para no perderse la salida de nuestro batallón y me mezclé entre el gentío para acudir a la cita con mi amigo. La ciudad entera estaba orgullosa de su ejército. De sus milicianos. La guerra iba tragando hombres para luchar contra los sublevados. Padres, hijos, hermanos, primos, amigos... Todos ellos eran enviados para detener el avance de los nacionales. Claudio y yo no iríamos nunca a la guerra. Mi amigo padecía de pies planos y yo debía cuidar de mi madre viuda. A él le hubiese gustado ir para vivir en sus propias carnes el fragor de la batalla, mientras que a mí, no me gustaba la idea de ir matando hombres inocentes mandados al frente para luchar por el poder de unos pocos.

El corazón me palpitaba precipitadamente. No podía moverme apresado por la multitud y me asfixiaba el humo de las camionetas. Los gritos de "¡Viva la República!" cada vez sonaban con más fuerza. Era la inyección de moral que la ciudad de Alcoy brindaba al Batallón Ruesca—Taíno, formado por voluntarios de la CNT y las FAI, que partía esa misma mañana hacía el infierno de Teruel. Mis fuerzas no fueron suficientes para pasar hacia otra camioneta y me dejé llevar por la corriente humana. Cuando me quise dar cuenta me encontraba al lado del kiosco que se erguía en el centro de la plaza.

Extracto de La guerra de los dos senderos.


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